Historia de una petunia
17/06/2009, 8:41 am
Archivado en: Prozac

Pasaron unos meses hasta que empecé a escribir de nuevo, algo así como un diario. En realidad sentía que no tenía nada que decir. Nada interesante, al menos. Pero me obligué a escribir. He aquí la historia de la petunia.

2 de junio de 2003
Beneficios de la fluoxetina: poder apreciar el discreto placer de descubrir que a mi planta le ha salido una flor. No debiera importarme demasiado. No sé qué planta es, ni dónde fue comprada. Tengo tan poca cercanía con ella que ni siquiera le he puesto nombre. ¡Qué diferencia con Sunday, el difunto cactus, adquirido aquella tarde, hace tanto tiempo ya! Pero esta planta –petunia, según las últimas investigaciones aún no concluyentes- qué diferente. Un obsequio de un martes, inmediatamente antes de entrar en clase de estética. Qué paradoja. Pobre planta que vivió en una bolsa de plástico hasta llegar a casa –después de estar en el suelo de un restaurante chino. Yo la miraba, de cuando en cuando, entre la ensalada china y el pan chino. La veía allí, a mis pies, dentro de la bolsa blanca. La única flor que tenía había sufrido un accidente en el transporte, según Andrea, pero no sé por qué la dejé allí, entre las hojas verdes, como si por algún poder extraño la flor pudiera volver a su sitio y abrirse y saludar. No, no fue así, la flor se fue encogiendo hasta quedarse casi plana. Muerta.
Ahora está en el balcón, encima de un macetero sin plantas. Y hoy por la tarde ha aparecido una flor. Habrá sido el agua o tal vez el sol después de haberse pasado medio día en una bolsa de plástico blanco. No importa. El caso es que tiene una flor. Que posiblemente sea una petunia. Y que es la primera planta que recibo como regalo. Pensaré un nombre. Y aunque existencialmente siento más cercanía a un cactus que a una petunia, ese hecho no soslayará la alegría de haber descubierto en la planta, esta tarde, una flor.
*
6 de junio de 2003
Reveses de la realidad externa, a veces tan poco dada a escuchar el clamor de la fluoxetina: después de un día sin mirar la petunia –porque finalmente es una petunia- me he asomado al balcón. He visto la pequeña maceta y sobre ella una planta seca, con las flores encogidas, arrugadas y las hojas quemadas por el sol. Y claro, hizo mucho calor y el sol, por la tarde, ha quemado la recién llegada planta. Como siempre, me siento culpable. Definitivamente no tengo maña con las plantas. Es un hecho constatable.
Pero quiero enmendar el error. La llevo a la cocina y la pongo debajo del grifo, hasta que la tierra está mojada al igual que las hojas secas. Pienso que quizás –porque aún no está muerta- pueda recobrar fuerzas y no marchitarse del todo. La pongo en cuarentena un día, lejos del malvado sol, pero con luz. Ayer la saqué de nuevo al balcón, pero la puse en el suelo para protegerla. En fin, mis curas han surtido el efecto deseado. Hoy me he asomado al balcón y había abierto de nuevo una flor.
Es curioso, porque no había hecho nada sobrehumano, pero la planta sobrevivió. Reconozco que me alegré. Había hecho que reviviera un ser vivo y eso no se hace todos los días y aún menos, en mi caso, con petunias.
No ha sido una gran victoria y, ni siquiera me siento orgullosa. Es como si fuese de algún modo extraño un efecto de una necesidad oculta y misteriosa. La naturaleza es ajena mi voluntad pero no a mis cuidados. La petunia no sabe nada de mí, desconoce el placer que me dio la primera flor que le vi brotar y desconoce mi preocupación ante sus peculiares quemaduras solares. Ella es así, ajena, distante, planta.
El hecho de saber que es una petunia no deja de ser un dato más. Y reconozco que no me gusta saberlo, porque tiene una sonoridad molesta. Pe-tu-nia. Ahora sé que no le pondré nombre –como al difunto Sunday. Para mí es simplemente una planta llamada petunia. No puede tener otro nombre. Y es que cualquier nombre sería una grosería, porque una petunia no puede tener nombre. Un cactus sí, pero esta petunia ridícula, esta princesita que no puede exponerse al sol… No, ella no.
Así que estoy dentro de un proceso de extrañamiento con la petunia que alguien ha colocado en mi balcón.
Pienso de nuevo en los beneficios de la fluoxetina y doy por zanjado el tema de la petunia. Tengo que dormir.

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